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lunes, 15 de octubre de 2012

La paciencia me ofende.


Lo encontré sentado al sol, con anorak y bufanda en pleno agosto, y quieto como una estatua.
Nunca creí que pudiese acostumbrarme a esos fortuitos encuentros. Siempre de improviso, cuando ya casi había olvidado su existencia, lo encontraba de sopetón, en una situación tan absurda como pudiese imaginar. Para indicar al lector la magnitud del asunto, puedo decir que la última vez lo había encontrado disfrazado de oso hormiguero, dormido sobre un libro de acupuntura mientras que los bibliotecarios trataban de echarlo de la sala en la que yo solía estudiar al salir de clase.
Pero volviendo a lo que nos concierne, ahí estaba él. Con la mirada perdida y un gesto relajado, casi sepulcral, chasqueando la lengua a un ritmo mecánico, sin reparar en mi presencia, o sin demostrarme que lo había hecho. Dudé si continuar mi camino como si nada, pero creí mejor dedicarle unos minutos a mi extraño amigo. Para ser completamente sincero, he de reconocer que lo hice con cierto aire de sorna, esperando disfrutar durante un rato de su más que dudosa cordura.
-‘Buenos días.’
No obtuve respuesta.
A menudo me preguntaba la edad de aquella criatura con cuerpo de anciano y mirada infantil, pero no imaginé cuál podía ser el momento propicio para formular aquella cuestión. Me comprenderán si les digo que cuando traté de conocer cualquier dato en relación con su existencia en la Tierra, recibí respuestas tales como ‘pelar saltos de buitre’ o ‘donde los arbustos planean’
Un puñado de pastillas cayó en mi regazo. Estupefacto, vi como, con gestos exagerados, el anciano me instaba a ingerirlas mientras me miraba fijamente a los ojos, sin pestañear. Una sensación de déjà-vu se adueñó de mí, y arrojé las pastillas tan lejos como pude.
Y todo volvió a la normalidad. Pasamos los siguientes veinticinco minutos sentados, no sabría decir si alguno de los dos habló. Cuando estos pasaron, ambos nos levantamos del banco, tomando cada uno rumbos distintos, pero definidos.



Imaginen.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Me hacen daño los minutos de esta espera.


Pocos minutos después de que las campanas de una iglesia cercana dieran las cuatro de la madrugada, me dejé caer en un banco que una higuera resguardaba del inhóspito frío de aquella húmeda noche del mes de febrero. Tras deambular durante horas con la sonrisa de aquella mujer grabada en la memoria, la falta de sueño y el hambre dieron un brusco fin a mi vagar sin sentido, obligándome a ver en aquel parque un idóneo lugar para descansar, quizás para siempre. Días atrás, recordar la última vez que mi vida tuvo un atisbo de rumbo común me producía arcadas e incluso cierta repulsión hacia mi persona, y mi tozudez solo me permitió dudar sobre aquel modo de vida cuando me creía a las puertas de la muerte. Es por todo ello y otros hechos de escasa relevancia en el asunto que nos concierne, que me niego a recordar el lugar donde estos días acontecieron, que prefiero mantener oculta toda identidad e identificar aquella ciudad y época con la que quien me lea prefiera evocar.
No podría decir si mi delirio se extendió durante minutos u horas, y mucho menos hablar acerca de la temática de mis enfurecidos sollozos y ruegos. Tampoco recuerdo si sentía frío, o la rigidez del hierro del banco, ni si quiera si alguien trató de ayudarme, o si lo ahuyenté a base de gritos y amenazas.

2.
Una mañana cualquiera, pasado el medio día (o eso indicaba el reloj que creí ver en algún lugar del cuarto) amanecí en una cama desconocida, pero dolorosamente cómoda, con la sensación de haber despertado de un profundo letargo. Antes de hacerme con las fuerzas necesarias para abrir los ojos, sentí algo similar a un taladro en la sien. No sé si grité, de todos modos no habría conseguido oírme.
El dolor me hizo perder el sentido, y entre las idas y venidas de mi consciencia, presencié una escena que se confundía con un angustioso sueño: un hombre de ojos saltones que vestía una bata blanca hablaba en susurros a una joven muchacha sentada al pie de mi cama, mientras deambulaba por la habitación. Ambos me miraban cada tanto: ella, expectante; él, con extrañeza.

viernes, 22 de junio de 2012

Puede que me asuste no tener nada que decir.

1.
Esta mañana, cuando desperté, el sabor de su frescura todavía me rondaba, y en el intervalo de tiempo en que aún no era capaz de distinguir si lo acontecido era un sueño o la cruda realidad, me invadió la certeza de que mis días se acaban. Ante la ausencia de otros motivos, he aceptado, más que llegar a ella, la conclusión de que mi existencia no tiene otra razón de ser que la de narrar esta historia, y no se me ocurre otra forma mejor con la que comenzar que por el que ahora entiendo que fue el primer día de mi vida, o al menos, de la parte que quiero recordar.
La vi por primera vez sola y ebria, sentada tras la barra de un bar de tres al cuarto perdido entre las calles de los suburbios de mi ciudad. Varios hombres la rondaban, pero ella, impasible, mantenía fija su mirada acuosa en el vaso que sostenía entre sus manos. No me atreví a acercarme, a pesar de que algo me decía que quizás era ella la única persona que podría encontrar por aquellos días tan sola y abandonada como yo, y en cambio preferí conformarme con mi papel de testigo sin nombre sentado a un extremo de la barra.
Intenté obviar cualquier suceso acontecido a mi alrededor, y, fingiendo indiferencia, me refugié en tratar de pensar que aquel momento no me pertenecía, obviando a mi instinto y condenándome una vez más, mientras asía con fuerza el bolígrafo con el que llevaba horas luchando.
Hacía ya meses que ni el hambre ni el cansancio eran capaces de sacar a la luz aquel don que algunos prometieron adivinar mí, y aunque el reloj dejaba correr las horas y los días, yo era consciente por entero de que aquel fluir había tocado fondo. Nunca tuve talento, y aunque a menudo me dejase llevar por mi vanidad, era lo suficientemente inteligente como para darme cuenta de que mi final quedaba cada vez más cercano. Perecería entre hojas repletas de tachones, solo, mientras velaba hasta mi último suspiro una esperanza que me tiranizó durante mi corta y desperdiciada vida.
Dispuesto a que el próximo desvanecimiento que me alcanzase fuese el último, y que quizás lo hiciese incluso antes de lograr llegar a la puerta, me hice con el valor para levantarme y tratar de caminar, huyendo de aquel antro que olía a podredumbre y a recuerdos mal curados. A cada minuto que pasaba, sentía la desazón abriéndose hueco en mí, haciéndome desear a cada instante salir corriendo, tal vez escapando de mí mismo.  
Al ponerme en pie, creyendo estar viendo un espejismo o encontrarme al borde de la muerte, distinguí entre la humareda del local aquel firme movimiento de cuello, y hasta que no pasaron varios segundos no fui capaz de asimilar que era yo lo que su mirada buscaba. Pude apreciar cómo sacudía la cabeza, y me dedicaba una fugaz sonrisa torcida que al instante volvió a sumergir entre sus hombros. Antes de que lo hiciera, yo ya había comenzado a dudar si aquellos segundos habían sido producto de mi imaginación.
Con una decisión sin precedentes y creyéndome blanco de su mirada, alcancé la salida sin saber muy bien a dónde ir. ‘Hasta donde seas capaz de llegar’, me recordé.

sábado, 19 de mayo de 2012

Later

Podría decir que no recuerdo sus gestos, ni sus formas. Tampoco su manera de reír, ni su sentido del humor. Podría fingir que he olvidado el modo en que hablaba cuando estaba nerviosa, y la dulzura de sus manos, incluso que apenas recuerdo su tacto y su olor. Podría acompañar mis palabras con una sonrisa sincera, y hablar del rumbo que tomó mi vida más tarde sin que tú apreciaras en mi expresión un solo ápice de falsedad. Pero, ¿sabes? mentirte sería mentirme, y mentirse a uno mismo es ya una vieja e infructuosa forma de intentar ocultar nuestro orgullo herido.
No sé muy bien qué motivo me ha llevado a escribir estas líneas, y dudo que algún día llegue a verlas acabadas. Puede que con ellas intente hacer justicia y deshacerme de la obligación de plasmar en un papel, antes de que mi memoria me lo impida, la historia del milagro que tuve ocasión de contemplar. Una maravilla que tenía rostro y voz, cuyo recuerdo me acompaña hace ya más de treinta años.
Lo sobrenatural del personaje que quiero reflejar en este escrito no era su apariencia, ni los escasos logros que acumulaba por aquella temprana época; no lo era tampoco la perplejidad o el desorden que creaba a su alrededor: sin lugar a dudas, lo era su extravagancia, su singularidad y, sobretodo, la sofocante carencia de cualquier defecto común en nuestra especie. Nunca podría afirmar que fuese perfecta bajo todas las miradas, pero si algo tengo claro sobre ella, es que era capaz de romper cualquier esquema.
Arrogante hasta la saciedad, y más por idealismo que por convicción, recuerdo la sonrisa socarrona que me dedicaba cuando trataba de argumentar en su contra. Aparentemente, era casi imposible hacerla cambiar de opinión acerca de cualquier tema, y no por falta de interés o amplitud de miras por su parte: nunca conocí a nadie que fuese capaz de no dudar bajo su mirada burlesca, o de conseguir enlazar las palabras después de haber escuchado su opinión
Era una combinación de adjetivos totalmente opuesta, pero que hacía ensamblar sus características como piezas de un complejo puzle. 

martes, 10 de abril de 2012

Untouchable.

Dejé caer mi pregunta con un desinterés mal disimulado a la vez que evitaba el contacto visual con mi acompañante, quizás por miedo a que entreviese el objeto de mi cuestión. Extrañada ante la ausencia de respuesta trascurridos unos segundos, de una risotada socarrona siquiera, levanté la vista de la taza para encontrarme con una sonrisa torcida que recordaría todavía décadas después. Era un esbozo de desconcierto, y el tiempo me demostró que quizá incluso de fragilidad.
Pasó largo rato sin hablar, y con desagrado pude comprender que sus palabras no iban a llegar. No por falta de recursos omitió su respuesta, sino por el desequilibrio que mi avasallador pensamiento había causado en sus esquemas. Aunque tarde, logré entender que en el fondo, la admiración que sentía por ese joven muchacho no era más que puro asombro. Puede que lo que más me doliese comprender años después es que ese sueño que durante tanto tiempo mantuve no era más que el reflejo de todos los errores que aún no había tenido tiempo de cometer.
Me enamoré del tiempo, de la frialdad y exactitud de su trazo, y no del objeto de sus caprichos. Y todavía, no he conseguido olvidarlo, sin saber siquiera como nadie puede ver en un fragmento de piedra algo que no quede eclipsado por la calculadora mano del escultor que aprende a desvelar sus misterios más recónditos.





Tras un largo rato de silencio abandonamos la mesa, olvidando los cafés casi apenas empezados, y sin volver a mentar el tema nos perdimos por los lugares más oscuros de Madrid. No es necesario conocer para amar, y aunque ahora razonamientos me sobran, en el fondo sé que aquel día, él se llevó consigo parte de mí. Quizás porque aún albergo la esperanza de volverlo a encontrar es por lo que su lugar nunca pudo ser ocupado.

domingo, 8 de abril de 2012

El tiempo será quien decida

Corrían todavía los años en que me obsequiaba con su profunda mirada día y noche, cuando aún me sorprendía de que antes del final de la jornada, siempre apareciera un nombre nuevo que añadir a la lista de personas cuya vida ella había cambiado sin quererlo. En decenas de ocasiones tuve la oportunidad de dejarme deslumbrar por los rostros de los intrépidos que se atrevieron a tratar de averiguar qué se escondía detrás de esos profundos ojos oscuros que, tanto tiempo después, me persiguen cada noche. En la memoria de aquellos gestos de taladradora impresión y de los días que muchos pasaron sin dormir me baso cuando la duda de quienes creen que perdí el juicio penetra en mi pensamiento.
Todavía no estoy seguro de si era su falta de humanidad el motivo de su indudable capacidad para impresionar a cualquiera, el carecer de esos defectos que nos atan cual abejas de un panal. En realidad no me importa reconocer que vivo anclado al pasado si mis esposas las forman el recuerdo de sus palabras, que aun llevándome al borde de la locura, me hacen entender que quizás solo merece la pena vivir por recordar cada sílaba que calculaba aquella mente infinita.
‘-¿Qué estás mirando? A veces creo que no me escuchas cuando te hablo.’



''La lástima es que estés tan loca''

miércoles, 14 de marzo de 2012

Cree en ti, duda del resto.

Quizás era por su capacidad para ver a cada persona o situación como un caso único y especial por lo que nunca logró aprender de sus errores. Tampoco debieron de ser muy numerosos o importantes, porque después de tanto tiempo, no recuerdo haberla visto llorar jamás.
Mil veces, cuando he tratado de borrarla de mi memoria, han vuelto a mí imágenes que harían temblar de emoción al más fiero de los guerreros. Podría destacar sin dudar un segundo la sonrisa desafiante que se dibujaba en su rostro cada vez que algo no marchaba bien. Supongo que era aquella otra de las innumerables cualidades por la que siempre la admiré: sabía que era fuerte, y no le suponía problema alguno derribar cualquier minucia que se entrometiera en su camino. Recuerdo también uno de aquellos días en los que solos, dedicábamos la noche entera a vaciar alguna que otra botella de tequila en mi salón, sin prisa. Ebria, me dijo que ella no había podido venir al mundo con el simple cometido de ser una persona cualquiera: tenía que ser grande, decía, y sin que la voz le temblara afirmaba que aquello era una tarea fácil para ella. ‘Pan comido’, dijo, para más tarde reír a carcajadas tumbada sobre el sofá.



Sin tiempo para pensar, vio con claridad a la vida pisándole los talones, y comenzó a correr sin saber a dónde. Supone, que hasta donde sea capaz de llegar.

martes, 7 de febrero de 2012

Más que lo que digo es lo que escondo.

Le dio la última calada al cigarro y lo arrojó al suelo con indiferencia. Antes de darse cuenta ya estaba prendiendo la mecha del que sería el décimo de aquella noche, pero no importaba, ni si quiera recordaba cuantos paquetes había acabado desde que sus cavilaciones habían dado comienzo. Levantó de nuevo la mirada, y obviando el frío que penetraba cada fibra de su piel, se dejó perder entre las luces que aquel frío cielo de enero. Tantas horas llevaba sentada allí, que sus pensamientos había abandonado cualquier orden, y fluían libremente, sin descanso.
De vez en cuando bajaba de las nubes, cesaba de divagar y se miraba las manos fijamente, como extrañada ante la realidad que tenía frente a sus ojos. Trataba de buscar una solución coherente a la desidia que la amedrentaba, pero cualquier atisbo de respuesta se escondía tras un silencio frío y aterrador.
A menudo, su mente colapsaba y se cansaba de buscar, y, abandonándose, daba rienda suelta a sus lágrimas mientras reía a carcajadas, elevándose de la vida hasta poder verla como un pequeño animal agazapado, tan absurda como frágil, más lejana a su entendimiento cuanto más necesitaba comprenderla.





¿Qué define a una persona como buena o mala? ¿Dónde está la linea que separa a los culpables de las víctimas?
Los criterios que respetamos a la hora de actuar, nuestra moral, la constituye nuestro alrededor, los recovecos que han labrado en nuestro interior las situaciones por las que hemos pasado. No decidimos nuestra manera de obrar. Asumidlo, no somos libres, ni conscientes de nuestro futuro: somos presos de nosotros mismos.
No actuamos para nadie, actuamos para nosotros, para nuestra propia satisfacción. Si no, decidme... ¿no buscamos la aprobación de nuestra propia persona cuando tratamos de ayudar a otros? Si esto no produjera ninguna consecuencia positiva que repercutiese en nosotros mismos, nadie obraría por el bien de los demás. ¿Es entonces culpable aquel que obra de una manera moralmente incorrecta para lograr su propia satisfacción? Permítanme dudar. Quizás el verdadero responsable de su condición es la sociedad que ha labrado su persona, y no el artífice del hecho en sí. Todos somos culpables de los actos del resto de la sociedad, casi tanto o más como lo somos de los nuestros. Ahora, díganme... ¿alguien puede hacerme creer en la justicia? ¿alguien puede, si quiera, acusar y creer responsable? ¿es culpable aquel que no tiene plena consciencia y libertad para elegir cómo actuar?

miércoles, 1 de febrero de 2012

Artist soul

Cerró la puerta al pasar y se dirigió rápidamente al salón buscando el teléfono. Con satisfacción comprobó que tenía más de diez mensajes en el buzón de voz, y sin desplazarse un centímetro, casi sin respirar, comenzó a escucharlos con detenimiento. Tras dejar sonar tres voces distintas con mensajes similares perdió el interés, y con la frialdad de quien se sabe por encima del resto, eliminó el historial, sin dar tiempo si quiera a que acabase la reproducción.
Se acomodó en el sillón y encendió un cigarrillo, pese a que no fumaba. Puede que lo hiciese como símbolo de su victoria, o incluso de la plena libertad que a cada instante la envolvía con más fuerza, embriagadora. Sentimientos de tal magnitud crecían a pasos agigantados en su interior, tras haber dejado claro de un solo golpe dónde se encontraba ella y dónde lo hacía el resto.
Pasados unos minutos estalló a reír sin más, amargamente. ¿Quién dijo que la perfección trajese consigo un solo ápice de felicidad? Secundando a su plena satisfacción había estado agazapado el peor de sus miedos, que de pronto se materializó frente a sus ojos sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo.
‘Bienvenida, compañera soledad.’
Sin fuerzas para odiarse, abrazó sus rodillas y lloró durante horas en aquel sillón. Los sollozos eran desgarradores y reflejaban una furia que habría hecho retroceder al más valiente de los soldados.
Poniendo fin a aquel sufrimiento, pasadas las cuatro de la madrugada atravesó con un puñal su propio torso. Quizás no le resultó tan difícil pues se sabía de antemano muerta en vida: mató a su alma y a su coherencia de igual manera, horas antes, incluso días, de cruzar aquella tarde el oscuro umbral de su vestíbulo.



Don't underestimate the things that I will do.

jueves, 19 de enero de 2012

¿Artista? Qué más quisiera.

Antes de acabar mi frase, podría haber adivinado la acción que mis palabras precedían. Sonrió con timidez, y se refugió en su pañuelo tratando de adivinar qué reacción era la adecuada. Tenía la mala costumbre de desmoronar a quien se le pusiese por delante con la respuesta menos pensada, siempre acompañada de una falsa expresión de inseguridad. Ella derrumbaba de un solo golpe, como sin querer. Recuerdo que entonces, al mirarme, se reía mientras negaba con la cabeza, diciéndose a sí misma que me había dejado conocerla demasiado bien.





Recuerdo que todos los viernes quedábamos a las cinco en el café de siempre, y ella solía aparecer con una sonrisa por delante y acalorada por las prisas diez o veinte minutos después. Nunca supe cómo, pero contagiaba felicidad hasta cuando lloraba. A veces le preguntaba de donde provenía aquella energía, y ella siempre contestaba que era tan solo una racha de buena suerte. Nunca se lo dije, pero yo podía ver en sus rasgos algo más, un doble fondo tras su risa.
Cuando por fin llegaba, se sentaba corriendo, y sin siquiera saludar me relataba la historia tan sensacional que había acontecido aquel rato que yo había pasado mirando el reloj. Nunca las utilizó como excusa, creo que conocía demasiado bien el efecto que causaba en mí el simple hecho de verla de nuevo como para necesitar algún tipo de pretexto.
Hubo una época en la que siempre acabábamos hablando sobre él. A menudo trataba de contarme lo bien que le iba desde que no estaba y la cantidad de tiempo que ahora le quedaba libre, a veces incluso insinuaba que le había resultado una molestia. La verdad es que nunca hablaba por sí misma de lo que sentía desde aquella discusión que puso fin a su ‘relación’, y cuando le preguntaba a menudo no encontraba las palabras con las que contestar. Entonces, cuando los sentimientos la desbordaban, sus ojos comenzaban a hablar por ella. Se leía en sus pupilas un dolor que quemaba, el que produce el tener una certeza como aquella, como la de que él se había marchado para no volver.


Yo siempre tuve la certeza de que lo quiso desde el primer momento, y no lo supo ver. A veces pienso que él tampoco la supo esperar.


Estancada.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Poner de acuerdo al ángel y al diablo sobre mis hombros.

Dentro de aquel armario sentía la muerte demasiado próxima, tan cercana que hubiera podido susurrarle al oído cuanto hubiese deseado. La rondaba entre sollozo y sollozo, mientras ella se sentía desfallecer. Le faltaba el aire, y el vacío de su estómago no ayudaba en la ardua tarea de sobrevivir un instante más y ocultar el llanto a un tiempo.
Habría entregado gustosamente su alma al diablo antes que cumplir aquel tortuoso castigo, una pena que le había sido impuesta como pago a un pecado que ni el mismo Satán habría sido capaz de cometer. La injusticia del mundo se estaba cebando con ella, y la impotencia corrompía su interior al no poder más que asentir y obedecer a aquella voz que la acechaba, ayudándola a su vez a superar los obstáculos que, sin ningún reparo, ese cruel ente superior le imponía.
De pronto, la sensación de que el fin estaba cerca se apoderó de su ser, y no pudo más que sonreír cuando una embriagadora paz se hizo dueña de su alma. Comprobó que había logrado superar la prueba, y un ligero sentimiento de orgullo afloró en la poca consciencia con la que aún contaba. Aquella tortuosa voz se tornó dulce, y su último pensamiento antes de acompañarla hacia la eternidad fue dedicado a la mujer que se encontraba leyendo en la habitación contigua:
-Lo conseguí, mamá, lo conseguí. No puedo creerlo, ¡no vas a morir! Lo he logrado, mamá, lo he logrado. Te voy a echar de menos.



Qué sabio es el olvido, que te permitió alejarte de mi lado cuando ningún otro fue capaz.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Te encontré cuando había dejado de buscarte.

Cuando despertó, los primeros rayos de luz de aquella tenue mañana otoñal asomaban ya tras los cristales. Trató de conciliar de nuevo el sueño pero le fue imposible: la fría realidad la invadía con rapidez, confundiéndose al principio con una mala pesadilla para más tarde descubrirse, sobrecogedora.
Siempre es difícil olvidar un error que repercute en la vida de aquellos a los que más aprecias, y si el peso de esta carga aumenta en proporción a la magnitud del daño, no es difícil imaginar la forma en que lo hará en caso de que no sea un error, sino cientos, que produzcan un daño que lleve al límite de la desesperación.
Tardó cerca de cinco minutos en reunir las fuerzas suficientes para salir de la cama, pese a que aquel día el cansancio matutino habitual había sido sustituido por angustiosa inquietud. Se dirigió hacia el baño, y la imagen que el espejo le devolvió la hizo pararse en seco. Entonces, la misma pregunta que con esfuerzo el día anterior consiguió acallar resurgió con más fuerza.
¿Cómo fuiste capaz?







Bajó a toda prisa las escaleras y mientras se abrochaba la chaqueta buscó su coche entre la lluvia. Inconfundible. Corriendo y tratando de esquivar el aguacero, se dirigió hacia él y se zambulló en su interior sacudiéndose el pelo. Sin mediar palabra, intercambiaron una sonrisa de total complicidad.
Tal vez había sido demasiado tiempo, quizás demasiado evidente para tratar de obviar la existencia de aquella necesidad, de aquella relación de infinita complejidad que se asemejaba a una simbiosis. Lo único que podían afirmar es que, con el rabo entre las piernas, tuvieron que volver admitiendo que no fue tan fácil como le prometieron a su propio orgullo.
El coche arrancó mientras ella se descalzaba y subía los pies a la guantera, como siempre. Él se volvió a rendir a sus encantos y ya no fue capaz de si quiera rechistar. Al unísono, una carcajada de pura alegría los envolvió y nadie tuvo que explicar qué significaba todo aquello. Sus manos se rozaron como símbolo de promesa, y el resto... el tiempo lo decidirá.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El que es inteligente no quiere crecer, el que no lo es no crece.

Egocentrismo (según la RAE): Exagerada exaltación de la propia personalidad, hasta considerarla como centro de la atención y actividad generales.
Egocentrismo (definición psicológica): El egocentrismo, un término que hace referencia a centrarse en el ego (es decir, el yo), es la exagerada exaltación de la propia personalidad. El egocéntrico hace de su personalidad el centro de la atención.

Egocéntrica. Para muchos, es un término que expresa cualidades negativas, pero no puedo evitar escogerlo como principal adjetivo para describirme a la hora de hablar de mí misma. Quizás no se adapta con exactitud a mi persona, pero no conozco la existencia de otro que lo haga de mejor manera, y por lo tanto, es una palabra a la que no le encuentro ningún matiz reprobador. Utilizo el término egocéntrico para hacer referencia a quien tiene una alta autoestima, quien es egoísta y altivo hasta el punto de llegar a no serlo a ojos del resto, pues hay quien tiene tal confianza en sí mismo que no necesita demostrarle a nadie nada. Quizás mi propia visión del término no se parezca en absoluto a la universalmente aceptada, pero no muy en el fondo, tiene grandes parecidos. Este concepto es base de mi propia ética, donde para mí, yo soy el centro.
Considero a esta ética finalista y eudemonista, pues trato de alcanzar la felicidad a través de la satisfacción producida por mi persona, orientándola hacia lo que considero mejor (no por ello siendo mejor que el resto, pues todos tenemos distintas visiones de nuestro alrededor y del modo idóneo de comportarnos, y por tanto, distintas concepciones de la que es o no mejor forma de ser y de vivir). Tal vez porque me aferro a ella, considero en mayor parte cobarde a quien no trata de ser como le gustaría, o quizás hipócrita porque no lo admite, ya que creo que todos, en mayor o menor grado, nos planteamos el serlo alguna vez. Y al decir esto me considero de nuevo egocéntrica, porque opino que todo el mundo vive o trata de vivir del modo en que yo lo hago.
El fin del que hablo es prácticamente inalcanzable, para unos por poseer grandes ambiciones y para otros por idealizar la perfección, por lo que es absurdo obcecarse con ser, a nuestro parecer, perfectos siendo un hecho imposible: solo hemos de procurar ser algo mejores cada día, y apreciar cuanto lo merece cada rasgo de nuestra persona. Basar nuestra felicidad en cualquier otra cosa que no seamos nosotros mismos me parece un acto suicida, pues nada a nuestro alrededor es estable ni puede producir tal confianza. Al contrario, este hecho puede desencadenar una obsesión por mantener algo estable debido a la falta de confianza en que perdure. Todo en este mundo es volátil.
Esta ética no es universal y como todo, llevada a un extremo es perjudicial: la virtud, base de la felicidad, en la mayor parte de los casos está en el término medio. Quizás muchos consideren que quien centra todos sus esfuerzos en tratar de ser como cree que debería, ignorando cualquier otra cuestión, debe ser calificado de enfermo mental. Pero claro, ¿dónde está el límite entre locura y cordura? O es más ¿qué es un loco? Todo depende de los conceptos que consideremos como válidos.
A mi parecer, el límite entre locura y cordura se traspasa cuando realizamos actos que nos hieren a nosotros mismos, y por tanto, un loco es aquel que se sale de los límites de la coherencia hasta el punto de producirse a sí mismo sin motivos razonables una serie de dificultades o problemas.
Entonces, ¿es más acertado llamar loco a quien se sale de los límites de lo coherente que a quien carece de capacidad de decisión y sigue la corriente del resto, sin siquiera cuestionárselo, siendo así una máquina que actúa a merced de los demás? ¿o es más acertado hacerlo a aquel que cuestiona todo lo que ocurre a su alrededor?



¿Cuántos creyeron tener alguna vez el mando?

domingo, 25 de septiembre de 2011

The best damn thing.

...para así poder ver ahora en tu mirada que darías tu vida entera por poder tenerme una noche más entre tus brazos

Hacía casi tres horas que dejó atrás la estación, pero las palabras del misterioso hombre del tren todavía martilleaban su cabeza como si se encontrase allí mismo, susurrándole al oído aquella curiosa advertencia.
Abandonada a la deriva por las oscuras calles de los suburbios de Barcelona, había dado rienda suelta a sus pensamientos y por primera vez desde que comenzó su huída, sintió miedo. Las dudas que un día dejaron de torturarla habían pasado de nuevo a ocupar el lugar de la desmesurada frialdad que la envolvía, pero como de costumbre, obvió sus inquietudes.
De lejos pudo apreciar el cartel de un bar, por lo que de nuevo fría como un témpano de hielo se dirigió hacia él, valorando otros factores quizá más cotidianos como dónde pasaría aquella noche
-Un vodka con redbull, por favor
Nadie habría imaginado que aquella atractiva muchacha contaba con menos de dieciocho años. Quizá su metro ochenta, su peinado Chelsea y todos los piercings que lucía daban una impresión errónea de su, todavía, adolescencia.
Se sentó en la barra sabiéndose centro de atención de todo el local. Estaba acostumbrada a sentir sobre su nuca aquellas miradas de rechazo, de curiosidad e incluso de reprobación, por lo que con total naturalidad abrió su desgastada mochila y tomó el último cigarrillo. El camarero trató de comenzar un reproche con el que Alessia ya contaba, pero le bastó con mirarlo a los ojos para silenciar su voz. La inseguridad y el miedo que aquella chica transmitía lo hicieron temblar, y sin atreverse si quiera a mirarla de nuevo, siguió con su trabajo.
Acabó su cigarrillo y se dirigió a la puerta sin pagar. Sabía que de ese modo al joven responsable del bar le hacía un favor: habría preferido pagar él mismo antes que volverla a mirar a la cara.
Se colgó del hombro la mochila vacía, y comprobó que la tarjeta de crédito seguía en su lugar. La suma de dinero a la que daba acceso era inconcebible, pero prefería no pensar en ello ni en el modo en que la había conseguido: nadie que no necesitara tratamiento estaría orgulloso de algo como aquello.
Cruzó la calle, y a partir de ese momento solo recuerda oscuridad. No había oído una sola voz que no fuera la suya desde entonces, ni había visto un solo rayo de sol. Y de aquel día han pasado ya veinte años.





Se despidieron con un abrazo que significaba tal vez más de lo que ambos estarían dispuestos a reconocer, y sin mediar palabra alguna, sin si quiera mirar atrás, se alejaron a sabiendas de que podía ser la última vez que sus caminos se cruzaban

miércoles, 24 de agosto de 2011

Solo quedan los escombros de soñar con poder verte.

Que dicen, que los años no fueron capaces de borrar aquel recuerdo, que hasta olvido desistió de arrancarlo de su joven memoria..


Habían pasado tan solo un par de horas desde que dejaron atrás aquella lóbrega y solitaria estación, pero parecía haber viajado a otra época cuando el tren llegó a su destino y se detuvo en el andén. Al otro lado de las puertas, cientos de personas andaban en distintas direcciones a lo largo de aquella gigantesca estación, unos quizá refugiados en la importantísima conversación que fingían mantener, en sus elegantes trajes de chaqueta y sus teléfonos móviles de último modelo, otros corriendo a toda velocidad guiados tal vez por un tiempo que se les escapaba más de lo que su reloj de muñeca era capaz de mostrarles. Al verlos pasar, la repulsión que le producían sus paripés y absurdos vaivenes dio paso a un sentimiento de empatía mayor del que estaría dispuesta a reconocer. En realidad, se dijo, todos huimos de algo.
Se echó su mochila sobre el hombro, atravesó el andén a toda prisa y, sin vacilar ni un segundo, se perdió entre la multitud aproximando así aquel encuentro, que sin quererlo, había ido a buscar.



Cause I’m just a teenage dirtbag..

martes, 16 de agosto de 2011

Más viva que nunca.

Sentir. Vivir. Soñar. Recordar. Imaginar. Extrañar. Volar. Esperar. Prometer. Desear. Llorar. Reír. Creer… Amar.

…esa sonrisa, que pudo mover montañas.




Sus ojos se inundaron de pura emoción cuando alcanzó a ver cómo ágilmente se abría paso entre la multitud, y no pudo entonces más que perderse entre su risa. Habría reconocidos sus gráciles movimientos a kilómetros de distancia. Nunca podría olvidar su carisma, y la forma que tenía de mover el mundo bajo sus pies a cada salto que daba cuando, más que andar, flotaba inmerso en aquella asombrosa paz.
Mientras se aproximaba, quedó paralizada, y pese haber recreado aquella escena en su imaginación innumerables veces las palabras se le atragantaron. Pero tampoco fueron necesarias. Cuando sus pupilas se encontraron, le dirigió una mirada que hizo vibrar cada fibra de su ser, y bastó solo un gesto para confirmar su temor a que aquel sentimiento quedase aferrado a lo más profundo de su alma. Enmudeció al verlo llegar, y de inmediato comprendió que aquel instante cambiaría su vida por completo, para bien o para mal.



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…cuando de pronto, una lágrima resbaló tras el cristal de su apatía, y comprendió que aquellos días se habían quedado clavados cual puñal en lo más oculto de su ser.

miércoles, 29 de junio de 2011

La diplomacia cohíbe la verdad del asunto.

-¿Cuidado con el perro? ¡Pero si no tienes perro! ¿Es para asustar a la gente?
-No, para asustarme yo. Para tener cuidado con el perro que hay en mí, el perro que quiere joder todo lo que se mueve y que quiere matar a perros más débiles… Para recordarme que debo ser más humano
-¿Ser perro no es parte de ser humano? ¿Y si eso es lo mejor de ti, tu lado perruno? ¿Y si no eres más que un perro con dos patas?
-A ti tiene que verte un médico.



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Relaciones. Las relaciones existen desde siempre, entre grupos de gente, entre personas, entre animales o cualquier otra clase de ser vivo, y en ellas influye la comunicación como elemento clave. Y si no elegimos bien el modo de usarla, la consecuencia puede llegar ser nefasta. ¿No es todo ello un conjunto de ambigüedades? En ocasiones la comunicación es insuficiente, pues las palabras no son un modo eficaz para transmitir sentimientos, y en otras, pueden ser fácilmente manipulables, y utilizadas con cualquier fin no reconocido al formular nuestro mensaje.
Quienes reciben los mensajes pueden ser demasiado escépticos, o demasiado crédulos; empáticos o indiferentes; sensibles o duros, tranquilos o fáciles de molestar. Así pues, pocos poseen unas características idóneas para trabajar con palabras, y aquí es donde surge la mayor parte de los problemas: hay quien no entiende, quien ni si quiera es capaz de escuchar, o quien escucha a su manera; también hay quien no se sabe expresar, quien usa palabras inadecuadas o quien se expresa con demasiada claridad. Y de este modo entra otra de las múltiples cuestiones que este tema supone. ¿Es malo expresar los sentimientos u opiniones con claridad? O, peor aún… ¿no es cierto que hay numerosas veces en las que, por no herir al resto o no buscarnos problemas, no expresamos de verdad lo que sentimos o pensamos? Es por ello por lo que creo que la mejor forma de definir una relación es clasificarla de difícil, pues a menudo son cuestiones carentes de solución, o de injusta, dependiendo del punto de vista por el que se opte. ¿Qué debemos considerar más importante: lo que queremos expresar, nuestro objetivo, o cómo pueda ser acogida nuestra opinión por parte del resto? Y a algunos les resultará fácil contestar que dependiendo del caso y de tu valoración, has de decantarte por un objetivo, pero ¿qué hacer cuando miles de ojos te observan y esperan ansiosos tu más ínfimo error? Las decisiones no son más que distintos puntos de vista y por ello pueden causar discrepancias, dejando a un lado las dobles intenciones que la mayoría poseemos en gran parte de nuestros modos de actuar. Por no decir en todos, porque ¿quién no ha manipulado sus palabras y ha logrado con ello tratar a las personas como un medio, y no como un fin en sí mismas? ¿quién no ha sido ajeno al sufrimiento por él mismo causado y ha continuado su camino, sin preocuparse por aquello que dejaba atrás? Y no hablo de todo ello como algo malo, ni bueno, sino como actos que todos hemos cometido alguna vez. Y en ellos, encuentro otra duda de un carácter semejante al resto: si nuestra libertad tiene límites, ¿continúa siendo libertad? O, ¿debemos seguir adelante con una causa que defendamos y deseemos plenamente si el bienestar de otra persona se cruza en nuestro camino?
Demasiadas preguntas, muy pocas respuestas y millones de modos de actuar. Y yo, tan perdida.

~Me angustia el cruce de miradas, la doble dirección de las palabras.

lunes, 27 de junio de 2011

GO AWAY.

¿Cuántas veces confundí quien soy con quien soñaba, o con quien solía ser? ¿Alguien me puede decir cuántas veces mentí, o me equivoqué? ¿cuántas acerté o rectifiqué? ¿Las que me oculté del mundo, o las que sepulté mi cobardía bajo una capa de coraje? ¿Las veces que perdoné, las que fui perdonada?


Mil veces me prometí cosas que se me olvidó cumplir, y otras tantas perdí el rumbo tratando de elevarme más y más; cientos de ellas abrí las alas cuanto pude, y no levanté el vuelo tan solo por tenerlo demasiado fácil; otras, por encontrarlo inalcanzable.
Fui capaz de subir al cielo en un segundo, y de saberme marioneta y dueña de mi misma a un tiempo, todo ello sin que me invadiese la menor preocupación; me di la razón cuando ésta se burlaba de mí, y me la negué cuando caminaba de mi lado si huía despavorida de la soledad.
En cientos de ocasiones pude ver con claridad los hechos y en millones me vendé los ojos; cuando innumerables sensaciones me invadieron, montones deseché por pura incomprensión y otras tantas acepté a mi lado por rutina. Confundí metas con futuros, y fui capaz de entender el mayor de los errores; no exigí a nadie entender mi forma de pensar, y tampoco los culpé cuando etiquetaron mis actos como equivocaciones: el ignorante no conoce, y por lo tanto, no posee una opinión válida. Tampoco me importa si lo es, no esperen que la acepte.
Creí comprender cuanto para otros no tuvo explicación, y di sin reparo cuando apenas recibí. He sido capaz de realizar actos de los que tanto tiempo después, no soy capaz de arrepentirme, y me culpé por actuar a mi manera.



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Nuestro futuro es, a menudo, la consecuencia de nuestros actos, pero no por ello se nos puede llamar culpables de su curso. No todo depende de nuestros deseos y a menudo no encontramos el modo de cambiar nuestro fluir. ¿Quién pudo ser consciente de su mayor ruina o fortuna, de su desgracia y caída? Que nuestras decisiones influyan en nuestro futuro no quiere decir que le afecte directamente, sin poder volverse en nuestra contra en el momento inesperado, ni si quiera quiere decir que nos pertenezca. O, ¿es que todo suceso tiene, por consecuencia, un culpable? Siempre hay un promotor, un motivo, pero no siempre hay un culpable, no confundamos términos. Y no con ello me refiero al curso de la naturaleza, o a los átomos de las estrellas más lejanas… hablo de algo más cercano, de las personas, de ellas y sus relaciones, insulsas o pasionales, bellas u oscuras… admirables ante todo.
El hecho de que todos juzguemos actos ajenos y a quien los realiza denota la facilidad de obrar de un modo sistemático, sin molestarnos en escuchar y comprender: todos sabemos etiquetar y opinar sobre el resto, pero para nuestra vida pedimos comprensión, y nos sentimos víctimas de un abuso por parte del resto si no la recibimos. Y no hablo solo de mi alrededor: en especial, hablo de mí. De mí y de mi ceguera.

sábado, 28 de mayo de 2011

...y de momento, soy menos de lo que esperan.

El sosegado y suave sonido de las pisadas de aquel anciano hombre en el viejo suelo de madera no era más que un mero reflejo de la paz que en sus pensamientos reinaba por aquellos días. Con una imperturbable claridad había comprendido, quizás demasiado tarde, cuán equivocado había estado; cuán errónea era la ideología de la humanidad, y lo improbable de su patética esperanza; lo absurdo de los pensamientos que pueblan las cabezas de los hombres, y el afán por hacer creer burdas e insulsas palabrerías que no valen de nada, que no son más que temor a que el resto vea quienes somos de verdad.
Pero entre el desarrollo de sus cavilaciones, algo externo llamó su atención. Como si de un conjuro se tratase, vio su pensamiento plasmado en la secuencia que frente a sus ojos tenía lugar, disipando de un golpe las escasas dudas con las que aún contaba: en la única ventana de aquella habitación se encontraba hacía unos pocos días un ramo de rosas silvestres que recogió durante uno de sus habituales paseos por los alrededores de la cabaña. De aquel frondoso manojo ahora solo quedaba una rosa que poco a poco había llegado a su vez al final de su ciclo, perdiendo justo en aquel momento el último pétalo con que contaba su corola, desapareciendo así sin dejar rastro alguno de su efímera existencia.
Como una brisa que arrecia sin previo aviso, un huracán de ideas se levantó en la mente de aquel solitario hombre sucediendo a ese episodio: la realidad se apoderó de golpe de él y sus pensamientos con una claridad aplastante, viendo en un segundo tan obvia la respuesta a cuya búsqueda tantos años de su vida había dedicado, y tomó por inútil todo el tiempo perdido, más aún sabiendo que había elegido el camino equivocado.
Era tal la lucidez de su pensamiento que ni si quiera se sorprendió cuando instantes después alguien llamó a la puerta de su cabaña, pese a que hacía más de treinta años que huyó de su vida sin dejar rastro. La certeza de lo que se acontecía habría hecho llorar de terror al más fiero de los hombres, pero aquel menudo y silencioso anciano se dirigió a la puerta sin vacilar, sin si quiera mirar atrás a sabiendas de que no volvería a pasar en aquel lugar ni un solo minuto más de su peculiar existencia.



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sábado, 21 de mayo de 2011

DEMOCRACIA REAL YA.

El tiempo que tardamos en decidirnos, en esperar el momento exacto o simplemente en estar seguros de algo es, en muchas ocasiones, el mismo que la vida tarda en resbalarse entre nuestras manos, y tiene la mala costumbre de irse para ya nunca volver.


Estamos hartos de oír que hay que reflexionar antes de actuar, y que lo que queremos hacer no es a menudo lo que debemos; que no se puede vivir al límite, y que hemos de seguir unas pautas preestablecidas, además de tener en cuenta siempre a los demás y hacer las cosas tal y como quien ‘sabe’ nos ha dado instrucciones de realizarlas… y tan solo porque alguien nos lo dice, ¿hemos de actuar de este modo, sin plantearnos si quiera si nuestra manera de obrar es correcta? No, señores, no el que más grita es quien más sabe, ni es el que dicta quien lleva la razón. Tampoco los motivos que nos venden son los que siempre están detrás de su forma de actuar, ni sus sonrisas son sinceras, y por tanto considero que, sin dejar de escuchar todo aquella información que llega a nuestros oídos, a menudo de gran ayuda, no hay mejor forma de actuar que decidir por nosotros mismos: si así lo hacemos, y caemos en el error, nadie más que nosotros tendrá la culpa de ello, más aún sabiendo que en la mayoría de los casos tan solo aprendemos de nuestras propias equivocaciones. Si acertamos, nadie más que nosotros será el artífice de nuestra obra, con todo lo que ello conlleva.
Asique discúlpenme si arrojo todas sus reglas y absurdos protocolos por la ventana, vuelo por los aires aquellas insulsas esperanzas puestas en mí y vivo tal y como me plazca, pues me niego a que pueda haber quien ejerza una autoridad sobre mí, más aún sin que yo la tolere, y a vivir de la forma que a otros les parezca adecuada o simplemente, encaje en su proyecto de mundo enajenado; siento no seguir las pautas que se me dan, mas soy quien mejor me conoce, y siento a su vez tomar como absurdas palabras muchas de vuestras normas de vida en sociedad: siento desilusionaros, pero nadie es de nadie y yo soy mi propia dueña.



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¡DEMOCRACIA REAL YA! ¡No somos mercancía en manos de políticos y banqueros!
Si no actuamos nosotros, nadie lo hará en nuestro lugar...
Hasta el final. ~El pueblo vencido jamás estuvo unido, el pueblo unido jamás será vencido!

Hay poco más que decir que no se haya dicho ya... UP!