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miércoles, 14 de marzo de 2012

Cree en ti, duda del resto.

Quizás era por su capacidad para ver a cada persona o situación como un caso único y especial por lo que nunca logró aprender de sus errores. Tampoco debieron de ser muy numerosos o importantes, porque después de tanto tiempo, no recuerdo haberla visto llorar jamás.
Mil veces, cuando he tratado de borrarla de mi memoria, han vuelto a mí imágenes que harían temblar de emoción al más fiero de los guerreros. Podría destacar sin dudar un segundo la sonrisa desafiante que se dibujaba en su rostro cada vez que algo no marchaba bien. Supongo que era aquella otra de las innumerables cualidades por la que siempre la admiré: sabía que era fuerte, y no le suponía problema alguno derribar cualquier minucia que se entrometiera en su camino. Recuerdo también uno de aquellos días en los que solos, dedicábamos la noche entera a vaciar alguna que otra botella de tequila en mi salón, sin prisa. Ebria, me dijo que ella no había podido venir al mundo con el simple cometido de ser una persona cualquiera: tenía que ser grande, decía, y sin que la voz le temblara afirmaba que aquello era una tarea fácil para ella. ‘Pan comido’, dijo, para más tarde reír a carcajadas tumbada sobre el sofá.



Sin tiempo para pensar, vio con claridad a la vida pisándole los talones, y comenzó a correr sin saber a dónde. Supone, que hasta donde sea capaz de llegar.

martes, 7 de febrero de 2012

Más que lo que digo es lo que escondo.

Le dio la última calada al cigarro y lo arrojó al suelo con indiferencia. Antes de darse cuenta ya estaba prendiendo la mecha del que sería el décimo de aquella noche, pero no importaba, ni si quiera recordaba cuantos paquetes había acabado desde que sus cavilaciones habían dado comienzo. Levantó de nuevo la mirada, y obviando el frío que penetraba cada fibra de su piel, se dejó perder entre las luces que aquel frío cielo de enero. Tantas horas llevaba sentada allí, que sus pensamientos había abandonado cualquier orden, y fluían libremente, sin descanso.
De vez en cuando bajaba de las nubes, cesaba de divagar y se miraba las manos fijamente, como extrañada ante la realidad que tenía frente a sus ojos. Trataba de buscar una solución coherente a la desidia que la amedrentaba, pero cualquier atisbo de respuesta se escondía tras un silencio frío y aterrador.
A menudo, su mente colapsaba y se cansaba de buscar, y, abandonándose, daba rienda suelta a sus lágrimas mientras reía a carcajadas, elevándose de la vida hasta poder verla como un pequeño animal agazapado, tan absurda como frágil, más lejana a su entendimiento cuanto más necesitaba comprenderla.





¿Qué define a una persona como buena o mala? ¿Dónde está la linea que separa a los culpables de las víctimas?
Los criterios que respetamos a la hora de actuar, nuestra moral, la constituye nuestro alrededor, los recovecos que han labrado en nuestro interior las situaciones por las que hemos pasado. No decidimos nuestra manera de obrar. Asumidlo, no somos libres, ni conscientes de nuestro futuro: somos presos de nosotros mismos.
No actuamos para nadie, actuamos para nosotros, para nuestra propia satisfacción. Si no, decidme... ¿no buscamos la aprobación de nuestra propia persona cuando tratamos de ayudar a otros? Si esto no produjera ninguna consecuencia positiva que repercutiese en nosotros mismos, nadie obraría por el bien de los demás. ¿Es entonces culpable aquel que obra de una manera moralmente incorrecta para lograr su propia satisfacción? Permítanme dudar. Quizás el verdadero responsable de su condición es la sociedad que ha labrado su persona, y no el artífice del hecho en sí. Todos somos culpables de los actos del resto de la sociedad, casi tanto o más como lo somos de los nuestros. Ahora, díganme... ¿alguien puede hacerme creer en la justicia? ¿alguien puede, si quiera, acusar y creer responsable? ¿es culpable aquel que no tiene plena consciencia y libertad para elegir cómo actuar?

miércoles, 1 de febrero de 2012

Artist soul

Cerró la puerta al pasar y se dirigió rápidamente al salón buscando el teléfono. Con satisfacción comprobó que tenía más de diez mensajes en el buzón de voz, y sin desplazarse un centímetro, casi sin respirar, comenzó a escucharlos con detenimiento. Tras dejar sonar tres voces distintas con mensajes similares perdió el interés, y con la frialdad de quien se sabe por encima del resto, eliminó el historial, sin dar tiempo si quiera a que acabase la reproducción.
Se acomodó en el sillón y encendió un cigarrillo, pese a que no fumaba. Puede que lo hiciese como símbolo de su victoria, o incluso de la plena libertad que a cada instante la envolvía con más fuerza, embriagadora. Sentimientos de tal magnitud crecían a pasos agigantados en su interior, tras haber dejado claro de un solo golpe dónde se encontraba ella y dónde lo hacía el resto.
Pasados unos minutos estalló a reír sin más, amargamente. ¿Quién dijo que la perfección trajese consigo un solo ápice de felicidad? Secundando a su plena satisfacción había estado agazapado el peor de sus miedos, que de pronto se materializó frente a sus ojos sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo.
‘Bienvenida, compañera soledad.’
Sin fuerzas para odiarse, abrazó sus rodillas y lloró durante horas en aquel sillón. Los sollozos eran desgarradores y reflejaban una furia que habría hecho retroceder al más valiente de los soldados.
Poniendo fin a aquel sufrimiento, pasadas las cuatro de la madrugada atravesó con un puñal su propio torso. Quizás no le resultó tan difícil pues se sabía de antemano muerta en vida: mató a su alma y a su coherencia de igual manera, horas antes, incluso días, de cruzar aquella tarde el oscuro umbral de su vestíbulo.



Don't underestimate the things that I will do.

jueves, 19 de enero de 2012

¿Artista? Qué más quisiera.

Antes de acabar mi frase, podría haber adivinado la acción que mis palabras precedían. Sonrió con timidez, y se refugió en su pañuelo tratando de adivinar qué reacción era la adecuada. Tenía la mala costumbre de desmoronar a quien se le pusiese por delante con la respuesta menos pensada, siempre acompañada de una falsa expresión de inseguridad. Ella derrumbaba de un solo golpe, como sin querer. Recuerdo que entonces, al mirarme, se reía mientras negaba con la cabeza, diciéndose a sí misma que me había dejado conocerla demasiado bien.





Recuerdo que todos los viernes quedábamos a las cinco en el café de siempre, y ella solía aparecer con una sonrisa por delante y acalorada por las prisas diez o veinte minutos después. Nunca supe cómo, pero contagiaba felicidad hasta cuando lloraba. A veces le preguntaba de donde provenía aquella energía, y ella siempre contestaba que era tan solo una racha de buena suerte. Nunca se lo dije, pero yo podía ver en sus rasgos algo más, un doble fondo tras su risa.
Cuando por fin llegaba, se sentaba corriendo, y sin siquiera saludar me relataba la historia tan sensacional que había acontecido aquel rato que yo había pasado mirando el reloj. Nunca las utilizó como excusa, creo que conocía demasiado bien el efecto que causaba en mí el simple hecho de verla de nuevo como para necesitar algún tipo de pretexto.
Hubo una época en la que siempre acabábamos hablando sobre él. A menudo trataba de contarme lo bien que le iba desde que no estaba y la cantidad de tiempo que ahora le quedaba libre, a veces incluso insinuaba que le había resultado una molestia. La verdad es que nunca hablaba por sí misma de lo que sentía desde aquella discusión que puso fin a su ‘relación’, y cuando le preguntaba a menudo no encontraba las palabras con las que contestar. Entonces, cuando los sentimientos la desbordaban, sus ojos comenzaban a hablar por ella. Se leía en sus pupilas un dolor que quemaba, el que produce el tener una certeza como aquella, como la de que él se había marchado para no volver.


Yo siempre tuve la certeza de que lo quiso desde el primer momento, y no lo supo ver. A veces pienso que él tampoco la supo esperar.


Estancada.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Poner de acuerdo al ángel y al diablo sobre mis hombros.

Dentro de aquel armario sentía la muerte demasiado próxima, tan cercana que hubiera podido susurrarle al oído cuanto hubiese deseado. La rondaba entre sollozo y sollozo, mientras ella se sentía desfallecer. Le faltaba el aire, y el vacío de su estómago no ayudaba en la ardua tarea de sobrevivir un instante más y ocultar el llanto a un tiempo.
Habría entregado gustosamente su alma al diablo antes que cumplir aquel tortuoso castigo, una pena que le había sido impuesta como pago a un pecado que ni el mismo Satán habría sido capaz de cometer. La injusticia del mundo se estaba cebando con ella, y la impotencia corrompía su interior al no poder más que asentir y obedecer a aquella voz que la acechaba, ayudándola a su vez a superar los obstáculos que, sin ningún reparo, ese cruel ente superior le imponía.
De pronto, la sensación de que el fin estaba cerca se apoderó de su ser, y no pudo más que sonreír cuando una embriagadora paz se hizo dueña de su alma. Comprobó que había logrado superar la prueba, y un ligero sentimiento de orgullo afloró en la poca consciencia con la que aún contaba. Aquella tortuosa voz se tornó dulce, y su último pensamiento antes de acompañarla hacia la eternidad fue dedicado a la mujer que se encontraba leyendo en la habitación contigua:
-Lo conseguí, mamá, lo conseguí. No puedo creerlo, ¡no vas a morir! Lo he logrado, mamá, lo he logrado. Te voy a echar de menos.



Qué sabio es el olvido, que te permitió alejarte de mi lado cuando ningún otro fue capaz.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Te encontré cuando había dejado de buscarte.

Cuando despertó, los primeros rayos de luz de aquella tenue mañana otoñal asomaban ya tras los cristales. Trató de conciliar de nuevo el sueño pero le fue imposible: la fría realidad la invadía con rapidez, confundiéndose al principio con una mala pesadilla para más tarde descubrirse, sobrecogedora.
Siempre es difícil olvidar un error que repercute en la vida de aquellos a los que más aprecias, y si el peso de esta carga aumenta en proporción a la magnitud del daño, no es difícil imaginar la forma en que lo hará en caso de que no sea un error, sino cientos, que produzcan un daño que lleve al límite de la desesperación.
Tardó cerca de cinco minutos en reunir las fuerzas suficientes para salir de la cama, pese a que aquel día el cansancio matutino habitual había sido sustituido por angustiosa inquietud. Se dirigió hacia el baño, y la imagen que el espejo le devolvió la hizo pararse en seco. Entonces, la misma pregunta que con esfuerzo el día anterior consiguió acallar resurgió con más fuerza.
¿Cómo fuiste capaz?







Bajó a toda prisa las escaleras y mientras se abrochaba la chaqueta buscó su coche entre la lluvia. Inconfundible. Corriendo y tratando de esquivar el aguacero, se dirigió hacia él y se zambulló en su interior sacudiéndose el pelo. Sin mediar palabra, intercambiaron una sonrisa de total complicidad.
Tal vez había sido demasiado tiempo, quizás demasiado evidente para tratar de obviar la existencia de aquella necesidad, de aquella relación de infinita complejidad que se asemejaba a una simbiosis. Lo único que podían afirmar es que, con el rabo entre las piernas, tuvieron que volver admitiendo que no fue tan fácil como le prometieron a su propio orgullo.
El coche arrancó mientras ella se descalzaba y subía los pies a la guantera, como siempre. Él se volvió a rendir a sus encantos y ya no fue capaz de si quiera rechistar. Al unísono, una carcajada de pura alegría los envolvió y nadie tuvo que explicar qué significaba todo aquello. Sus manos se rozaron como símbolo de promesa, y el resto... el tiempo lo decidirá.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El que es inteligente no quiere crecer, el que no lo es no crece.

Egocentrismo (según la RAE): Exagerada exaltación de la propia personalidad, hasta considerarla como centro de la atención y actividad generales.
Egocentrismo (definición psicológica): El egocentrismo, un término que hace referencia a centrarse en el ego (es decir, el yo), es la exagerada exaltación de la propia personalidad. El egocéntrico hace de su personalidad el centro de la atención.

Egocéntrica. Para muchos, es un término que expresa cualidades negativas, pero no puedo evitar escogerlo como principal adjetivo para describirme a la hora de hablar de mí misma. Quizás no se adapta con exactitud a mi persona, pero no conozco la existencia de otro que lo haga de mejor manera, y por lo tanto, es una palabra a la que no le encuentro ningún matiz reprobador. Utilizo el término egocéntrico para hacer referencia a quien tiene una alta autoestima, quien es egoísta y altivo hasta el punto de llegar a no serlo a ojos del resto, pues hay quien tiene tal confianza en sí mismo que no necesita demostrarle a nadie nada. Quizás mi propia visión del término no se parezca en absoluto a la universalmente aceptada, pero no muy en el fondo, tiene grandes parecidos. Este concepto es base de mi propia ética, donde para mí, yo soy el centro.
Considero a esta ética finalista y eudemonista, pues trato de alcanzar la felicidad a través de la satisfacción producida por mi persona, orientándola hacia lo que considero mejor (no por ello siendo mejor que el resto, pues todos tenemos distintas visiones de nuestro alrededor y del modo idóneo de comportarnos, y por tanto, distintas concepciones de la que es o no mejor forma de ser y de vivir). Tal vez porque me aferro a ella, considero en mayor parte cobarde a quien no trata de ser como le gustaría, o quizás hipócrita porque no lo admite, ya que creo que todos, en mayor o menor grado, nos planteamos el serlo alguna vez. Y al decir esto me considero de nuevo egocéntrica, porque opino que todo el mundo vive o trata de vivir del modo en que yo lo hago.
El fin del que hablo es prácticamente inalcanzable, para unos por poseer grandes ambiciones y para otros por idealizar la perfección, por lo que es absurdo obcecarse con ser, a nuestro parecer, perfectos siendo un hecho imposible: solo hemos de procurar ser algo mejores cada día, y apreciar cuanto lo merece cada rasgo de nuestra persona. Basar nuestra felicidad en cualquier otra cosa que no seamos nosotros mismos me parece un acto suicida, pues nada a nuestro alrededor es estable ni puede producir tal confianza. Al contrario, este hecho puede desencadenar una obsesión por mantener algo estable debido a la falta de confianza en que perdure. Todo en este mundo es volátil.
Esta ética no es universal y como todo, llevada a un extremo es perjudicial: la virtud, base de la felicidad, en la mayor parte de los casos está en el término medio. Quizás muchos consideren que quien centra todos sus esfuerzos en tratar de ser como cree que debería, ignorando cualquier otra cuestión, debe ser calificado de enfermo mental. Pero claro, ¿dónde está el límite entre locura y cordura? O es más ¿qué es un loco? Todo depende de los conceptos que consideremos como válidos.
A mi parecer, el límite entre locura y cordura se traspasa cuando realizamos actos que nos hieren a nosotros mismos, y por tanto, un loco es aquel que se sale de los límites de la coherencia hasta el punto de producirse a sí mismo sin motivos razonables una serie de dificultades o problemas.
Entonces, ¿es más acertado llamar loco a quien se sale de los límites de lo coherente que a quien carece de capacidad de decisión y sigue la corriente del resto, sin siquiera cuestionárselo, siendo así una máquina que actúa a merced de los demás? ¿o es más acertado hacerlo a aquel que cuestiona todo lo que ocurre a su alrededor?



¿Cuántos creyeron tener alguna vez el mando?